jueves, 16 de mayo de 2013

Vacío II



Cómo puedo robarte un poco de lo tibio de tus manos
si no importa lo que pase, si llueve, si hace frío
has perdido las ganas de tocarme
-¿algún día las tuviste?-
y aún así, me lastimas
cada que pasas a menos de dos pasos de mi piel
porque tu piel me ignora
y tus ojos me evaden,
me vacían al mirar a otro lado,
al sonreírle a otra gente,
y haces que sienta el corazón contraído
inerme, marchito y desolado
como una grieta secándose en mitad de la nada.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Abrazo


Acepciones


Dime de dónde vienes
niña de la media noche
a llenarme la boca de tu piel
a vestirte de canas y de arrugas
que aún falta mucho para que te hagan falta.

A pasar junto a mí
sin dar un paso.

A empaparme de ti
sin ser verano.

A dejarme en los ojos y la lengua
toda la insensatez de tus veinte años.

A convertirme en presa o victimario
según estés de humor.

Y a mirarme
y a dejar que te mire
a la luz de una vela
bajo el humo indiscreto de un cigarro
mientras nos reímos de leyes y costumbres
mientras cambiamos la acepción de palabras tan antiguas
como "juntos", o "húmedos" o "ambos".

domingo, 11 de noviembre de 2012

Frío

Yo vengo de un lugar sin frío. Así era cuando yo nací.
Así ha sido siempre.
Siempre.
Al menos eso es lo que decían los viejos, como mi abuelo.

Por eso creo que nunca me he acostumbrado del todo a sentir la piel seca, seca.
Como cuando se agrieta en las mañanas de enero.

Tengo frío.
Hoy tengo mucho, mucho, mucho frío.

A pesar de que todavía no es tiempo de frío, según los viejos de aquí.
Frío de a "de veras".
Frío del que hace que los dedos duelan.
Del que llega en las noches despejadas y arrecia poquito antes de que el sol salga.

Pero el de hoy, es un frío que no viene del aire, sino de adentro.
De mí, de mis miedos, del dolor intensísimo que me corta,
metido entre las costillas,
detrás de mi garganta donde se anida como un mecate retorcido,
como una zarpa hecha nudo debajo de mi lengua.

Como una laguna debajo de mis ojos.

Como un vacío inmenso en la boca del estómago, 
que me sube hasta los labios,
que sabe a salitre,
a pasto seco,
a cuero mal curtido.
A frío.

A la ausencia maligna de tus ojos verdes.
A tu voz que cambia de matices,
los lunes, los sábados,
y a veces, los días de mi cumpleaños.

A veces los veo.

A tus ojos,
a mis miedos,
a la manera tan tuya de mirarme,
y se me pierde un latido, no sé dónde.

-Como si me quedaran muchos-
se han vuelto tan breves, tan precarios
desde que adoptaron la costumbre
de alimentarse de tus horas,
de tus palabras dulces,
de las frases de amor que me regalas,
de lo tibias que se vuelven tus manos cuando me acaricias,
cuando me dices "te amo"

o al menos "yo también"

que suena un poco más distante pero que igual
alimenta mis latidos
que se han vuelto tan breves,
tan precarios.

Pero
basta de hablar de mí,
debo callar,
que me escucho un tanto recurrente,
y un mucho flagelado
como si me hiciera falta

como si la vida no se hubiera ensañado conmigo
una,
mil veces,
llenándome de miedos,
de dudas, cicatrices,
de palabras con filo que me cortan,
de sombras,
de inconciencias,
de sueños destruídos,
de ausencias,
y
de frío.

viernes, 13 de mayo de 2011

Cuento: El bastón de Madera

EL BASTÓN DE MADERA

El anciano apresuró la marcha hasta donde se lo permitía el peso de sus setenta y tantos años y su gabardina raída. Se le veía nervioso, poseído por una ansiedad poco común incluso para un hombre de su edad, acentuada mientras caminaba bajo las densas nubes promisorias de lluvia, alternando sus pasos con el golpe seco que producía en la banqueta su bastón de caoba pulida, quizá lo único de su figura que no tenía aspecto desgastado.

Había olvidado el paraguas en alguna parte, y sombrero y gabardina serían con toda seguridad insuficientes para contener el cada vez más próximo diluvio. No obstante que en caso necesario podía recurrir a las marquesinas, el saberse desprotegido derivó en un paulatino incremento de la ansiedad que lo embargaba. A medida que llegaban las primeras sombras de la tarde y descendía la temperatura del aire, trató de calcular el tiempo que le tomaría llegar hasta su enmohecido departamento con el paso irregular de un hombre en sus condiciones. Finalmente, concluyó que tenía un margen muy escaso para escapar del aguacero.

La noche anterior también había llovido, y las breves horas de luz de la mañana fueron incapaces de evaporar los charcos que salpicaban el asfalto, dándole a la calle un aspecto de elefante enfermo. Él veía los residuos de la lluvia casi con asco y hacía todo lo posible por evitar mojarse al momento de cruzar las calles y bajar de las banquetas. Cierto, detestaba el agua a tal grado que prefería vivir con las canas grasientas y el aliento pastoso, y soportar a diario la piel con textura de musgo, a tener que arriesgarse a la humedad y sus peligros, de por sí graves para cualquier persona, pero en especial para un anciano solitario.

Recordó que alguna vez, no hacía mucho tiempo, había sido víctima de la impertinencia de un joven tendero, a quien se le ocurrió sacudir el toldo de su negocio justo en el momento en que él pasaba bajo el borde de la lona. Para su fortuna, hizo gala de unos reflejos incongruentes con su artritis y todo se redujo a unas cuantas salpicaduras inofensivas bajo el ala del sombrero.

Cruzó una calle más, aunque a una velocidad muy inferior a la del resto de los transeúntes, pues a él apenas le alcanzaba el tiempo que duraba la luz verde del semáforo para peatones. Por si fuera poco cada cruce constituía un esfuerzo agotador, al extremo que debía detenerse durante un lapso considerable mientras recuperaba el aliento.

Levantó la vista y se alegró al ver su edificio a unas cuantas calles. También se dio cuenta que se encontraba en una cuadra ausente de marquesinas, pero al ver la proximidad de su hogar, comenzó a desvanecer su nerviosismo. No le duró mucho la tranquilidad, pues justo en ese momento una gruesa gota de lluvia le golpeó el filo del sombrero. Habría volado de ser posible pero poco pudo hacer entre la oleada de gente que con indiferencia reptaba sobre la acera; fue tal su desesperación que no hizo caso del siguiente semáforo e intentó cruzar pero tropezó con una alcantarilla semiabierta y cayó de bruces sobre el asfalto. El bastón quedó tirado a unos pocos metros sobre el arroyo, justo fuera de su alcance; trató de recuperarlo, pero por desgracia las ruedas de un camión quebraron la madera en varios fragmentos inútiles, como si hubiera sido un palillo de dientes.

Gritó con pánico al saberse inerme y extendió los brazos implorando auxilio, pero nadie se detuvo. La lluvia arreció de súbito y provocó una estampida de seres humanos a lo largo de la acera, quienes corrían con indiferencia ante los desesperados gestos del anciano.

Los automovilistas se unieron a la desbandada acelerando sus bestias sin miramientos. Al pasar junto al impotente cuerpo se limitaban a esquivarlo lo que no impedía que le arrojaran crestas de agua recién nacida.

Cada gota adquiría propiedades de ácido sobre la piel del anciano, quien en breve comenzó a disolverse. Al principio, la lluvia arrastró la capa de mugre y grasa corporal reseca que lo oscurecía; después comenzó diluirle lentamente los tejidos cutáneos hasta llegar a la carne flácida e inerte. En pocos minutos le arrastró los ojos dejándolo ciego, y no se apiadó de sus manos artríticas, a las que absorbió hasta llevarse también los huesos enfermos y quebradizos.

Él no dejó de suplicar ayuda durante aquellos instantes interminables, hasta que enmudeció cuando el agua lo dejó sin lengua ni garganta. Entonces pareció resignarse y recostó sobre la calle lo que le quedaba de cuerpo, dejando que el torrente penetrara por el cuello de la gabardina, disgregando el tronco en una viscosa mezcla de aguacero y vejez que se perdió entre las ranuras del drenaje.

Al terminar la tormenta, no faltó quien levantara el sombrero y las prendas restantes, pero extrañamente nadie se interesó por los pedazos de bastón.

Alcaraz, octubre de 1996.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Tortuga

Nunca debió acudir a una imaginaria casa de cambio
para trocar en aletas
las patas que llevó durante millones de años.

Ahora los hombres la codician,
desean su vientre tan fecundo,
su cuerpo de sabor a mar,
tan ágil bajo las olas,
tan torpe sobre la arena.

Roban su vientre accesorio
vaciándolo de hijos nonatos.
La tienden de cara al sol

arrancándole la piel lentamente
con una hoja sin filo
y nada les importa su vacío
ni el dolor de su carne,
ni lo mucho que ella implora
Mientras llora y se estremece
mientras se vuelve broche, peineta y mango de cuchillo.